Cuando conocí a Ernesto era un
hombre en sombra, casi un niño. Flacucho, pálido y con los mismos Converse de hace siete años, cuyo
proceso de ventilación era a través de dos enormes agujeros en las suelas. No
es que no tuviera otros zapatos, simplemente le gustaba lo que esos zapatos
decían de él, de sus pasos, de su camino.
Cuando lo conocí, conocí su
cabello largo, sus ojos negros y la oscuridad sobre su labio superior que
profetizaba un bigote. Sus brazos endebles siempre estaban cubiertos por una
chamarra de mezclilla que alguna vez fue de su padre y que le había robado en
la única ocasión que lo vio.
A 15 años de haber conocido a
Ernesto, me seguía sorprendiendo. Me sorprendió cuando lo besé por primera vez
y se enojó conmigo porque no estaba preparado. Me sorprendió cuando fuimos al
autocinema de Coyoacán y me pidió que me casara con él. Y me sorprendió cuando
me dijo que había comprado un departamentito sobre Avenida Universidad y que
nunca más volveríamos a rentar.
La mudanza fue un desastre: el
flete nos canceló, nuestras cajas se empaparon con la lluvia al estarlo
esperando y perdimos el tarjetón de estacionamiento que debíamos de entregarle
a nuestra excasera. Pero Ernesto y yo éramos felices.
Los primeros días en el nuevo
departamento fueron muy tranquilos, a pesar de que nuestras ventanas daban a
una de las avenidas más concurridas de la ciudad. Somos citadinos, un poco de
ruido vehicular no arruinaría nuestro hogar.
Una vez instalados, comencé a
comprar plantas. Teníamos un balcón y siempre había sido mi sueño tener una
pequeña huerta. Meses antes de la mudanza había renunciado a mi trabajo porque
no había oportunidad de crecimiento, por lo que mis días se iban en mandar currículums y trabajar en la huerta hasta que Ernesto regresaba de la oficina a
las seis y media de la tarde. Comíamos, veíamos Netflix por un par de horas y
yo leía mientras él hacía ejercicio intenso, buscando borrar para siempre aquél
cuerpo casi quebradizo de su juventud.
Una mañana de abril fue
especialmente emocionante. Fui al tianguis de San Borja y encontré una matita
de chiles serranos, ¡los favoritos de Ernesto! Corrí a casa a buscarle el lugar
perfecto en el balcón no sin antes ponerme mis guantes de jardinera que, al
tener todas mis plantas en macetas, cumplían un fin meramente estético.
Y ahí estaba acomodando mis
plantas, cuando lo escuché por primera vez. Un grito desesperado descosiendo el
sonido del tránsito. No entendí lo que acababa de oír, así que me quedé inmóvil
aguantando la respiración y lanzando mi oído bueno hacia adelante. DE pronto,
otro “ya cállate” arrojado al aire desde el piso de abajo. Tras unos segundos
de perturbación, intenté asomarme hacia el balcón inferior, pero no logré ver
nada. Otro grito, ahora en forma de un “ya me tienes harto” me hizo brincar
hacia adentro del departamento y cerrar el ventanal rápidamente.
En cuanto Ernesto llegó del trabajo,
le conté lo que había sucedido y la conclusión que sacó es que se trataba de
una discusión de pareja sin importancia. Sin embargo, mi inquietud no podía
soltar la desgarradora voz de balcón.
Transcurrieron dos semanas y
cuando ya me había olvidado de lo ocurrido, escuché una puerta azotándose
violentamente debajo de mí. El piso de todo el departamento se estremeció como
si por unos segundos, temblara de frío. Me levanté del escritorio y al
acercarme al balcón, no escuché más que el claxon de un Jetta negro desesperado
por avanzar sobre la avenida. Cerré nuevamente el ventanal y continué con mis
actividades.
Así fueron transcurriendo los
días, hasta que se juntaron los suficientes para formar un año. Ernesto y yo no
celebrábamos nuestro aniversario de bodas, pero 12 meses construyendo nuestro
hogar me parecían lo suficientemente importantes como para estrenar un vestido,
trenzar mi cabello con flores de la huerta y preparar la cena que comimos en
nuestra primera cita.
Eran las cinco cuarenta de la tarde
y estaba saliendo de la regadera, cuando lo volví a escuchar: ese mismo grito
desgarrador que sangraba a través del ventanal desde el departamento de abajo.
Con hielo en las venas, me acerqué al cristal para averiguar lo que sucedía
mientras dejaba hilos de agua que escapaban de mi cuerpo envuelto en una toalla
hasta llegar al piso. Escuché murmullos y no podía distinguir más que palabras
aisladas…”¡Cállate!”… “¡No!”… “¡morir!”… “¡Por favor!”… y después silencio…
No podía distinguir si mi interés
por lo que sucedía era genuina preocupación por mis vecinos del piso de abajo o
simplemente curiosidad por enterarme de la vida de los demás.
Continué con mi arreglo y como
todos los días a las seis treinta de la tarde llegó Ernesto con un ramo de
gerberas, mis favoritas. Al ver que él también consideraba importante celebrar
esta fecha, lo amé como nunca. Y como siempre.
Cenamos, reimos y bailamos
mientras escuchábamos a Nacho Vegas, para después terminar en la habitación con
otro tipo de danza. Las horas en el cuerpo de Ernesto no pasaban. Tras la luna,
el sol me destapó mientras besaba su espalda, sus brazos, sus muslos y
mordisqueaba sus orejas. Sus manos me recorrían mientras la cama tronaba con la
música de siempre: la nuestra.
Eran cerca de las siete de la mañana
cuando desperté con su cara en mi vientre. Lentamente me deslicé hacia la
alfombra y al salir de la recámara, pateé hacia un costado mi vestido nuevo que
ahora se encontraba hecho bola en el piso. Me cubrí con una bata satinada color
morado y me dispuse a hacer café. Mientras llenaba el filtro de agua, escuché
un sollozo que entraba a la cocina a través de la zotehuela. Cerré la llave y
con el silencio propio de los pies descalzos, me acerqué al ventanal para
escuchar mejor. El lamento venía del mismo departamento. Cual niño que se ha
caído del columpio, una persona se deshacía en lágrimas debajo mío. Me
preguntaba cómo era posible que una pareja que era tan infeliz, podía aferrarse
tanto el uno al otro a costa de su propio bienestar. Nunca escuché risas
provenientes de ese departamento. Ni fiesta. Ni albricia. Solamente gritos y
peleas. De repente, escuché muebles siendo arrastrados violentamente, sillas
azotándose contra las paredes y vidrios rompiéndose. Mientras percibía lo que
interpreté como forcejeos, corrí a la recámara a despertar a Ernesto.
Todavía con los brazos de Morfeo
colgando de su cuello, balbuceó preguntándome qué pasaba. Le dije alarmada que
la pareja de abajo estaba peleando nuevamente y él se volvió a recostar
diciéndome que era su problema y no debíamos intervenir. Nos interrumpió un
grito angustioso que me secuestró el oxígeno de los pulmones. La aguda voz
provocó que Ernesto se sentara de golpe y se tallara el ojo derecho con el
puño. Tras unos segundos de perplejidad, salimos apresurados del cuarto hacia
el ventanal. Entre jadeos de incertidumbre, tratábamos de decidir si bajar a
hablar con el guardia del edificio o si debíamos hablarle a la policía ante un
posible caso de violencia doméstica. Con manos temblorosas buscaba mi celular
para hacer la llamada, cuando un estruendo que nunca antes había escuchado
inundó el departamento rebotando de pared en pared. Solté el teléfono, el cual
cayó en cámara lenta frente a mis pies,
mientras los ojos desorbitados de Ernesto se encontraban con los míos. ¿Eso
había sido un…? Y un segundo estruendo confirmó el miedo más desolador que
jamás había sentido…
Un día después, la noticia se
encontraba en todos lados. Sin importar lo que hiciéramos, Ernesto y yo no
podíamos escapar de los encabezados. No podíamos olvidar las sirenas, no
podíamos dejar de escuchar los interrogatorios de los agentes y tampoco
podíamos olvidar que no hicimos nada. Que nunca supimos.
Nuestro vecino de abajo se
llamaba Manuel, tenía 25 años y desde los 11 le diagnosticaron esquizofrenia
después de que una voz en su cabeza le dijera que debía robarse todos los
tomates que se encontrara y los guardara detrás de su ropa en el closet. Tras
meses de olor a pudrición emanando del escondite, la mamá de Manuel encontró lo
que quedaba de los tomates putrefactos, los gusanos, las moscas y todos los
elementos que se pueden esperar de una escena de muerte como aquella.
Tras años en tratamiento, Manuel
se encontraba bien. Viviendo en el departamento sobre Avenida Universidad y
trabajando como locutor del 98.9 FM, en donde conoció a Marina. Se enamoraron y
planeaban vivir juntos, pero una noche en la que Manuel fue a recogerla a la
estación, en lugar de esperarla en su coche como de costumbre, decidió bajar
para sorprenderla. Al entrar a la cabina, pudo ver dos cuerpos exhaustos que se
entregaban mientras al aire sonaba una canción de Radiohead. Una de las
sombras era Marina.
Manuel corrió a su coche y
desapareció por meses dentro de su departamento. No hablaba con nadie, dejó de
atender a la puerta, no cargaba su celular, dejó de salir y dejó de tomar sus
medicamentos. Las voces regresaron y Manuel peleaba con ellas constantemente,
hasta que un día, ese día, no pudo
luchar más. Tomó la pistola de su abuelo y decidió arrancarle el poder que las
voces ejercían sobre él. Callarlas para siempre. Y eso intentó. Con un balazo
al aire y otro a su sien, quiso silenciarlas. Sin embargo, lo único que logró
fue silenciar su vida.
Ernesto y yo nunca volvimos a ser
felices. Al menos no plenamente. Vendimos el departamento de Avenida
Universidad y regresamos a rentar una casita en Toluca. Buscábamos escapar del
recuerdo y de la culpa. De Manuel. Pero nunca lo logramos. Hoy, a 20 años de lo
sucedido, las voces que vivían en la cabeza de Manuel ahora viven con nosotros. Nos persiguen y con ellas, la idea
maldita de que tal vez, solo tal vez, un día Ernesto y yo también intentemos
callarlas para siempre.