lunes, 18 de mayo de 2026

Oxímoron

Estar contigo era sentir a medias: estar y no estar. Era el rapto de soñar con ángeles y despertar sin ellos. Me gustabas. ¡Diosa, cuánto me encantabas! Abrazarte y abrasarme con tu calor, hundir mi nariz en tu cuello y henchir mis venas de tu aroma. Mi piel blanca junto a tu piel canela: un claroscuro de Caravaggio vivo.

Eras.

Éramos.

Fuimos casi perfectos. Y cuánta mierda cabe en ese casi. Parece un recoveco minúsculo, como el espacio entre dos tablas de un piso abandonado que truena cuando caminas sobre él. Pero cuando eres nosotros, ese crujido casi imperceptible es un trueno.

Me dabas paz y ansiedad. Risa y llanto. Estabas… pero seguía sola.

Quise darte todo cuando ya no me quedaba nada.

Fuimos victoria y derrota.

 El antojo cumplido con un cabello en el plato. El sol en el parque con nuestros perros y que uno enfermara de muerte. El concierto esperado y el robo al salir.

Yo esperando planes; tú esperando espontaneidad.

Tu sonrisa —la que amaba—naciendo de rostros ajenos…

 Y soy una adulta. Lo sé. Sé que la vida sazona todo con una pizca de insatisfacción, de frustración. De restaurantes en los que pides una Coca-Cola y te traen una Pepsi diciendo que es lo mismo cuando  no lo es. Tampoco eras tú ni era yo. Fue la vida, el momento. El casi.

 ¿Pero sabes? Estar sin ti es peor.

¿Pero sabes? Aún te extraño.

¿Pero sabes? Lo volvería a repetir. 

sábado, 15 de junio de 2024

Frío

 El mundo es hostil. 

El mundo es un alambre de púas. No ese que te encuentras en el sendero a lo lejos delimitando el terreno, sino ese que te envuelve el cuerpo y con el que no te queda más que mantenerte inmóvil, muerta... porque cada mínima respiración hace que los picos se entierren más arrancándote mordiscos completos de piel.

El mundo es un arma, pero no la pistola que encontraste en el buró de tu papá a los 10 años. No... 

Es una bomba atómica.

lunes, 23 de octubre de 2023

La bestia

 Con-vivir con el monstruo es agotador. Podrás pensar que es peligroso o que me llena de miedo, pero más miedo me da la naturaleza humana.

No, el monstruo no es natural, es creado. Llega a ti. Aparece con ese exceso de futuro y con la frustración del presente. Se forma poco a poco en tu cerebro como si siempre hubiera existido ahí. Sus tentáculos abrazan tu mente, la aprietan lo suficiente para controlarla, pero no tanto como para sofocarla.

Y es en ese vaivén entre vivir y morir que tú existes. Así es, con la bestia existes, no vives. Estás, no eres. Es esa secuestradora que te prohíbe decir tu propio nombre y te llama como quiere. Se refiere a ti de una forma atroz y aun así respondes. Aun así acudes a su señal. Aun así corres a su encuentro en el momento en el que abre sus fauces y pronuncia su llamado putrefacto. Sin tu nombre, olvidas quién eres. Olvidas que antes volabas. No sabes que solías tomar decisiones sin que el monstruo gruñera a tu oído. Pierdes aquél tiempo en el que hacías planes con otras personas y no cancelabas… sí ibas… ¡Hasta lo disfrutabas! Esa tú pre-monstruo era otra. Esa tú ya no existe. No, no, tú nunca fuiste normal. Ahora eres otra versión que tuviste que inventar para sobrevivir y ya hasta amas a la bestia. No dejas que nadie se acerque lo suficiente y la vea. Si la ven, te van a separar de ella… te la van a quitar para siempre y ¿quién eres tú sin nombre, sin miedo, sin ansiedad, sin trauma, sin ella? No. Que te la dejen. La proteges con todo lo que eres porque eres ella y ella eres tú. Porque has olvidado el primer horror de tu cuerpo desnudo frente a ella, frente a su mirada omnipresente escudriñando cada pensamiento. Has olvidado el momento en que invadió no solamente tu físico, sino tu alma. Ese instante en el que rompió tu cabeza y tomó control de todo lo que eres: lo que piensas, lo que amas, lo que te atrae, lo que te preocupa, lo que te hace reir. Ya hasta tus miedos son los suyos. No que la bestia tiemble ante alguien o algo más, no. Pero todo aquello que te da pavor es lo que ella ha construido en ti. Ni siquiera tus terrores son realmente tuyos…

Así que muerdes, arañas, pataleas y maldices con tal de que nadie la descubra, que nadie se asome, que nadie note que ese exterior tuyo tan seguro, fuerte y sonriente no es nada más que una cáscara metálica dentro de la cual, la bestia se da un festín eterno con lo único que es realmente tuyo: tu fragilidad.

miércoles, 19 de octubre de 2022

Ejercicio creativo

Si fuésemos personajes en una historia de ficción, me pondría ese vestido verde que tanto me gusta y con el que me siento tan guapa. Tomaría mi “Los últimos días de Pompeya” que compré en una tienda de libros viejos en Bilbao y le pondría la correa a Arquímedes para ir al parque. Si nuestro ser no traspasara la imaginación de un cuentista romántico, me sentaría debajo de un árbol diferente al de siempre sin saber por qué. Simplemente porque me darían ganas de hacer algo distinto, de respirar distinto, de soñar distinto; como adivinando que aquél sería tu árbol y ese día te conocería. Si ni tú ni yo existiéramos, llegarías al parque después de haber tenido un martes limbo buscando tu árbol para dibujar y distraerte. Me verías y tras una inicial molestia al sentirte invadido, te sentarías en el de enfrente pensando que tu día no puede empeorar más.

Inicialmente, no notaría tu presencia al estar sumergida en la pluma de Bulwer Lytton, pero Arquímedes erigiría sus orejas en tu dirección desde el primer momento. Sin darme cuenta, aprovecharía mi descuido de haberle puesto mal el collar y correría a tu encuentro, llenando de lengüetazos tu cara desdibujada entre gestos desprevenidos. Si tú fueras el protagonista de una novela, tras controlar a mi perro entre caricias, risas y un poco de asco por toda la baba, levantarías la mirada para encontrarte con la mía llena de pena. Intercambiaríamos un par de palabras nerviosas y me alejaría para no interrumpirte más. Tú regresarías a tu cuaderno y volverías a tomar el carboncillo entre tus dedos anular y pulgar de la mano izquierda, para sorprenderte sonriendo tras nuestro encuentro. Te descubrirías dibujándome al pie de tu sauce con extremo detalle, casi aguantando la respiración para terminarme antes de que me vaya. Tus pasos vacilantes llegarían hacia mí y me dirías que te tomaste la libertad de recrearme, mientras extiendes hacia mí la hoja de papel prensado. Si yo fuera una princesa de cuento, me ruborizaría delicadamente sin saber qué decirte al tiempo que mis ojos se abren más de lo natural al verte, como queriendo memorizar cada cana de tu barba espesa. Después de una torpe y breve interacción que posteriormente la entendería como intento de coqueteo, me pedirías mi número para volver a vernos. Y yo te lo daría.

Si fuéramos una invención, claro que nos volveríamos a ver. Claro que nos enamoraríamos y la felicidad duraría un par de años. Nos dejaríamos distraer por banalidades que nos separarían por ocho meses, en los que nos daríamos cuenta que necesitamos estar juntos para estar completos. Después, nunca más nos volveríamos a dejar, hasta que tú pararas de respirar tranquilo, anciano, en tu cama un mes después de mi funeral. Como si la vida supiera que sin mí, tampoco ella vale la pena para ti. Si no fuéramos más que tinta sobre papel, los lectores abandonarían la última página sonriendo con ese dejo de melancolía que causa el terminar un gran relato de amor, preguntándose si ellos vivirán algo parecido algún día.

Pero no somos personajes en una historia de ficción. No existimos en un libro. No eres el protagonista de una novela ni yo la damisela en peligro de un cuento de hadas. Somos dos personas rotas frente a frente. Así que no te enamores, porque aquí… Aquí no habrá final feliz. 

 

lunes, 28 de febrero de 2022

El ruiseñor

Yo te amaba. Eras el universo para mí. El sol salía y se ponía con tu mirada. Cuando sonreías, mis grietas dejaban de doler. Eras el alivio que mi alma necesitó por años, pero que no sabía merecer. Eras tú. Y para ti, era yo.

Reconstruimos nuestra vida juntos, lo dejamos todo y nos elegimos en ese momento y para siempre. “No puedo creer la inmensidad con la que te amo”, me decías con lágrimas en los ojos mientras tomabas mi mano silenciosa. Era tuya como nunca había sido de nadie. Mi cuello estaba diseñado para tu cara y mi ombligo para tu ombligo. Besar tus ojos al amanecer, lamer tus labios, leer tu cuerpo con mis yemas, abrazarte con mis piernas… Tú cocinabas y yo te hacía reír. Tú te levantabas temprano y yo con trabajo podía salir de la cama, de nuestra cama. Pasamos de comer en el piso mientras ahuyentábamos al gato y al perro, a tenerlo todo. Armamos muebles, compramos plantas, instalamos cortinas y repisas que después se caerían y nos amábamos. ¡Cuánto nos amábamos! Con gentileza y con calor casi violento. Yo era perfecta porque me veías. Porque me elegías. Porque todo este mar en mí llegaba a tu playa. Dejé de recordar mi vida antes de ti, como si fuera un sueño y nunca hubiera existido. Como si yo no hubiera existido. Como si me hubiera materializado de la nada aquella tarde calurosa del 2016 en la que nos cruzamos. Aquella tarde en la que mi alma bailó por primera vez al ver que de ti nacían luz, flores, aves, música, colores. Y siguió bailando por años. Pareciera que estuvimos juntos mucho tiempo, ¿no? Pero qué poco es mucho tiempo cuando nos prometimos inmortalidad.

Sí, era tuya y tú eras mío. Hasta que dejaste de serlo. No fue de un día para otro, pero dejaste de serlo. Las cuevas de tu desierto que parecían ir dejando pasar poco a poco mi agua volvieron a resecarse. Los jardines de tus ojos al verme se volvieron espinas que ya no se detenían en mí, sino que me atravesaban. Comenzaste a arrebatarme esa vida que meses antes me ofrecías desbordante. Los “te quiero, te quiero y hasta siempre te querré” de nuestra canción enmudecieron entre los relámpagos ensordecedores de la indiferencia. Y entre más te amaba, más te alejabas. Entre más te abrazaba, más te levantabas del sillón para perder tu mirada en el horizonte de nuestra ventana. Entre más te cuestionaba, más abrumadores eran el silencio y la oscuridad. Mientras más te quería, menos estabas…

Hoy estoy sin ti y no me malinterpretes. Estoy bien. Estoy tranquila. Entiendo porqué te has ido y a veces me cuestiono si yo debí haberlo hecho antes. No desde un lugar de orgullo, sino desde un lugar de amor por mí. Desde que noté el frío de tu cuerpo inerte recostado junto a mí, dándome la espalda; desde que los besos de buenos días volaron como aves migrantes; desde que los planes comenzaron a quedarse en “algún día”; desde que dejaste de cocinar y yo dejé de hacerte reír. Desde entonces debí de haberme ido.

Pero la esperanza, la estúpida esperanza; los sueños, los planes, nuestro futuro; todo funcionaba como cuerdas que me ataban y me impedían cruzar esa puerta. Esos  “¿qué tal que…?” ilusos de quien no quiere aceptar su realidad. El valiente fuiste tú. El que se llevó su cuerpo a donde desde hace meses estaba su corazón, fuiste tú. Y te resentí tanto. Esa admirable claridad de ya no quererme en tu vida se me presentó disfrazada de crueldad y te odié desde el amor tan profundo que aún tenía en mí. Pero ya no había más que hacer, más que decir, más que construir. Con el taladro de tu “ya no me quedan energías para luchar” lo rompiste todo. Y te juzgué, te ataqué, te embarré mi dolor en aquél rostro en el que antes solamente había caricias. Y me fui. Pero no del todo, ¿sabes? Una “yo” se quedó ahí. Una “yo” murió ahí, en esos 60 m2 de piso laminado y alfombra. Contigo. Y esa pérdida es la que más me duele.

La pasé muy mal intentando juntar los añicos que quedaban de mí. Abrazaba a mi perro y dormía por días. Comencé el año desde debajo de mis cobijas queriendo desaparecer. Regresé a ser el hueco de persona que fui hace tantos años y que pensé que había desaparecido. Me dolías tanto, tanto que hasta sonreír era traicionarte. Sabía que no era el fin del mundo… pero sí lo era. Porque ya no estabas, porque ya ni siquiera podía sentir tu olor, ya no escuchaba tu voz, tu hermosa voz grabando canciones. Porque tu trinar ya no estaba en mi nido, en mi rama, en mi árbol, en mi bosque… ya no estaba en mi planeta.

Hoy dueles menos. No quiere decir que ya no te extrañe, pero ya no me haces falta. Puedo reír a carcajadas sin que tu sombra extinga el sonido. Puedo salir al sol y abrazar los rayos que antes creía que venían de ti. Puedo sentir el viento, sonreír en silencio y respirar. Cuánto extrañaba respirar. Cuánto extrañaba esta libertad absoluta de tu ausencia, la falta del miedo de perderte porque ya no estás. Porque no te puedes ir dos veces. Y el coraje se convirtió en tranquilidad. El resentimiento fue paz y el odio regresó a ser amor. Pero ya no ese amor egoísta de quererte solamente para mí, sino el de saber mi mundo más hermoso porque existes en él aunque sea lejos, a la distancia. Sonrío al imaginarte riendo con tus amigos, pintando tu departamento que ya no tiene rastro de haber sido nuestro. Y envidio a las personas que te cruzan en la calle y que pueden verte, pero sonrío. Por ti y por ellas. Y me emociona el futuro, nuestro futuro que ahora es separado pero que siempre estará unido porque somos parte del otro, de nuestra historia, de quienes somos. Porque alguna vez nos amamos.

Y quizá te sorprenda el tiempo que tardé en dejarte ir, te parecerá rápido y podrás creer que no te amaba como decía hacerlo, que no te necesitaba, que no me hacías feliz, que lo que vivimos fue una mentira y sientas incredulidad de mi paz frente a tu tormenta. Podrás tomar por verdad todas esas mentiras que nacen de las heridas como río imparable, llenando tu cabeza de espejos y de soledad. Yo también creí esas falacias, las leí en tu mirada cuando me dijiste que me tenía que ir y no me merecía una mayor explicación. También tomé por cierta la aseveración falseada que no era importante para ti, pero me di cuenta que no comencé a soltarte cuando se acabó nuestra familia. Que mi duelo no comenzó con las maletas ni con vivir sola en la casa que dijimos que compartiríamos. Nuestro adiós definitivo fue solamente el culmen de los pequeños adioses diarios que nos dimos por más de un año… Y volverás a estar bien. Volverás a ser feliz. Volverás a amar y volverás a pensar en mí con agradecimiento por esos días que compartimos, esos meses en los que no existía el mundo fuera de nosotros y esos años en los que también tu sol salía y se ponía con mi mirada. Volverás a la vida. Te volverás a desnudar con alguien. Y no solamente en el sentido vacío de la carnalidad, sino que le volverás a revelar a alguien quién eres realmente, bajo todos esos escudos, pretensiones, orgullos y miedos. Y también lo haré yo. Será diferente porque seré otra persona. Porque la "yo" que era tuya ya no existe y nunca revivirá. Porque ella será tuya para siempre... Pero hasta eso estará bien. Estaremos bien. Y tal cual, como el ruiseñor que eres, volverás a cantar.

domingo, 30 de enero de 2022

El ventanal

 

Cuando conocí a Ernesto era un hombre en sombra, casi un niño. Flacucho, pálido y con los mismos Converse de hace siete años, cuyo proceso de ventilación era a través de dos enormes agujeros en las suelas. No es que no tuviera otros zapatos, simplemente le gustaba lo que esos zapatos decían de él, de sus pasos, de su camino.

Cuando lo conocí, conocí su cabello largo, sus ojos negros y la oscuridad sobre su labio superior que profetizaba un bigote. Sus brazos endebles siempre estaban cubiertos por una chamarra de mezclilla que alguna vez fue de su padre y que le había robado en la única ocasión que lo vio.

A 15 años de haber conocido a Ernesto, me seguía sorprendiendo. Me sorprendió cuando lo besé por primera vez y se enojó conmigo porque no estaba preparado. Me sorprendió cuando fuimos al autocinema de Coyoacán y me pidió que me casara con él. Y me sorprendió cuando me dijo que había comprado un departamentito sobre Avenida Universidad y que nunca más volveríamos a rentar.

La mudanza fue un desastre: el flete nos canceló, nuestras cajas se empaparon con la lluvia al estarlo esperando y perdimos el tarjetón de estacionamiento que debíamos de entregarle a nuestra excasera. Pero Ernesto y yo éramos felices.

Los primeros días en el nuevo departamento fueron muy tranquilos, a pesar de que nuestras ventanas daban a una de las avenidas más concurridas de la ciudad. Somos citadinos, un poco de ruido vehicular no arruinaría nuestro hogar.

Una vez instalados, comencé a comprar plantas. Teníamos un balcón y siempre había sido mi sueño tener una pequeña huerta. Meses antes de la mudanza había renunciado a mi trabajo porque no había oportunidad de crecimiento, por lo que mis días se iban en mandar currículums y trabajar en la huerta  hasta que Ernesto regresaba de la oficina a las seis y media de la tarde. Comíamos, veíamos Netflix por un par de horas y yo leía mientras él hacía ejercicio intenso, buscando borrar para siempre aquél cuerpo casi quebradizo de su juventud.

Una mañana de abril fue especialmente emocionante. Fui al tianguis de San Borja y encontré una matita de chiles serranos, ¡los favoritos de Ernesto! Corrí a casa a buscarle el lugar perfecto en el balcón no sin antes ponerme mis guantes de jardinera que, al tener todas mis plantas en macetas, cumplían un fin meramente estético.

Y ahí estaba acomodando mis plantas, cuando lo escuché por primera vez. Un grito desesperado descosiendo el sonido del tránsito. No entendí lo que acababa de oír, así que me quedé inmóvil aguantando la respiración y lanzando mi oído bueno hacia adelante. DE pronto, otro “ya cállate” arrojado al aire desde el piso de abajo. Tras unos segundos de perturbación, intenté asomarme hacia el balcón inferior, pero no logré ver nada. Otro grito, ahora en forma de un “ya me tienes harto” me hizo brincar hacia adentro del departamento y cerrar el ventanal rápidamente.

En cuanto Ernesto llegó del trabajo, le conté lo que había sucedido y la conclusión que sacó es que se trataba de una discusión de pareja sin importancia. Sin embargo, mi inquietud no podía soltar la desgarradora voz de balcón.

Transcurrieron dos semanas y cuando ya me había olvidado de lo ocurrido, escuché una puerta azotándose violentamente debajo de mí. El piso de todo el departamento se estremeció como si por unos segundos, temblara de frío. Me levanté del escritorio y al acercarme al balcón, no escuché más que el claxon de un Jetta negro desesperado por avanzar sobre la avenida. Cerré nuevamente el ventanal y continué con mis actividades.

Así fueron transcurriendo los días, hasta que se juntaron los suficientes para formar un año. Ernesto y yo no celebrábamos nuestro aniversario de bodas, pero 12 meses construyendo nuestro hogar me parecían lo suficientemente importantes como para estrenar un vestido, trenzar mi cabello con flores de la huerta y preparar la cena que comimos en nuestra primera cita.

Eran las cinco cuarenta de la tarde y estaba saliendo de la regadera, cuando lo volví a escuchar: ese mismo grito desgarrador que sangraba a través del ventanal desde el departamento de abajo. Con hielo en las venas, me acerqué al cristal para averiguar lo que sucedía mientras dejaba hilos de agua que escapaban de mi cuerpo envuelto en una toalla hasta llegar al piso. Escuché murmullos y no podía distinguir más que palabras aisladas…”¡Cállate!”… “¡No!”… “¡morir!”… “¡Por favor!”… y después silencio…

No podía distinguir si mi interés por lo que sucedía era genuina preocupación por mis vecinos del piso de abajo o simplemente curiosidad por enterarme de la vida de los demás.

Continué con mi arreglo y como todos los días a las seis treinta de la tarde llegó Ernesto con un ramo de gerberas, mis favoritas. Al ver que él también consideraba importante celebrar esta fecha, lo amé como nunca. Y como siempre.

Cenamos, reimos y bailamos mientras escuchábamos a Nacho Vegas, para después terminar en la habitación con otro tipo de danza. Las horas en el cuerpo de Ernesto no pasaban. Tras la luna, el sol me destapó mientras besaba su espalda, sus brazos, sus muslos y mordisqueaba sus orejas. Sus manos me recorrían mientras la cama tronaba con la música de siempre: la nuestra.

Eran cerca de las siete de la mañana cuando desperté con su cara en mi vientre. Lentamente me deslicé hacia la alfombra y al salir de la recámara, pateé hacia un costado mi vestido nuevo que ahora se encontraba hecho bola en el piso. Me cubrí con una bata satinada color morado y me dispuse a hacer café. Mientras llenaba el filtro de agua, escuché un sollozo que entraba a la cocina a través de la zotehuela. Cerré la llave y con el silencio propio de los pies descalzos, me acerqué al ventanal para escuchar mejor. El lamento venía del mismo departamento. Cual niño que se ha caído del columpio, una persona se deshacía en lágrimas debajo mío. Me preguntaba cómo era posible que una pareja que era tan infeliz, podía aferrarse tanto el uno al otro a costa de su propio bienestar. Nunca escuché risas provenientes de ese departamento. Ni fiesta. Ni albricia. Solamente gritos y peleas. De repente, escuché muebles siendo arrastrados violentamente, sillas azotándose contra las paredes y vidrios rompiéndose. Mientras percibía lo que interpreté como forcejeos, corrí a la recámara a despertar a Ernesto.

Todavía con los brazos de Morfeo colgando de su cuello, balbuceó preguntándome qué pasaba. Le dije alarmada que la pareja de abajo estaba peleando nuevamente y él se volvió a recostar diciéndome que era su problema y no debíamos intervenir. Nos interrumpió un grito angustioso que me secuestró el oxígeno de los pulmones. La aguda voz provocó que Ernesto se sentara de golpe y se tallara el ojo derecho con el puño. Tras unos segundos de perplejidad, salimos apresurados del cuarto hacia el ventanal. Entre jadeos de incertidumbre, tratábamos de decidir si bajar a hablar con el guardia del edificio o si debíamos hablarle a la policía ante un posible caso de violencia doméstica. Con manos temblorosas buscaba mi celular para hacer la llamada, cuando un estruendo que nunca antes había escuchado inundó el departamento rebotando de pared en pared. Solté el teléfono, el cual cayó en cámara lenta frente  a mis pies, mientras los ojos desorbitados de Ernesto se encontraban con los míos. ¿Eso había sido un…? Y un segundo estruendo confirmó el miedo más desolador que jamás había sentido…

Un día después, la noticia se encontraba en todos lados. Sin importar lo que hiciéramos, Ernesto y yo no podíamos escapar de los encabezados. No podíamos olvidar las sirenas, no podíamos dejar de escuchar los interrogatorios de los agentes y tampoco podíamos olvidar que no hicimos nada. Que nunca supimos.

Nuestro vecino de abajo se llamaba Manuel, tenía 25 años y desde los 11 le diagnosticaron esquizofrenia después de que una voz en su cabeza le dijera que debía robarse todos los tomates que se encontrara y los guardara detrás de su ropa en el closet. Tras meses de olor a pudrición emanando del escondite, la mamá de Manuel encontró lo que quedaba de los tomates putrefactos, los gusanos, las moscas y todos los elementos que se pueden esperar de una escena de muerte como aquella.

Tras años en tratamiento, Manuel se encontraba bien. Viviendo en el departamento sobre Avenida Universidad y trabajando como locutor del 98.9 FM, en donde conoció a Marina. Se enamoraron y planeaban vivir juntos, pero una noche en la que Manuel fue a recogerla a la estación, en lugar de esperarla en su coche como de costumbre, decidió bajar para sorprenderla. Al entrar a la cabina, pudo ver dos cuerpos exhaustos que se entregaban mientras al aire sonaba una canción de Radiohead. Una de las sombras era Marina.

Manuel corrió a su coche y desapareció por meses dentro de su departamento. No hablaba con nadie, dejó de atender a la puerta, no cargaba su celular, dejó de salir y dejó de tomar sus medicamentos. Las voces regresaron y Manuel peleaba con ellas constantemente, hasta que un día, ese día, no pudo luchar más. Tomó la pistola de su abuelo y decidió arrancarle el poder que las voces ejercían sobre él. Callarlas para siempre. Y eso intentó. Con un balazo al aire y otro a su sien, quiso silenciarlas. Sin embargo, lo único que logró fue silenciar su vida.

Ernesto y yo nunca volvimos a ser felices. Al menos no plenamente. Vendimos el departamento de Avenida Universidad y regresamos a rentar una casita en Toluca. Buscábamos escapar del recuerdo y de la culpa. De Manuel. Pero nunca lo logramos. Hoy, a 20 años de lo sucedido, las voces que vivían en la cabeza de Manuel ahora viven con  nosotros. Nos persiguen y con ellas, la idea maldita de que tal vez, solo tal vez, un día Ernesto y yo también intentemos callarlas para siempre.

jueves, 6 de febrero de 2020

Escándalo


Planinmex era una planta mexicana que se dedicaba a la fabricación de materiales para la construcción. Son los responsables de haber elaborado el material utilizado en obras tales como el Puente Chiapas, la carretera México – Puebla y 600 de los 653 km de la ruta del Chepe; entre otras grandes edificaciones. La principal fábrica se encontraba en Sonora, a orillas del Río Yaqui. El 98% de sus empleados eran locales y el 2% restante que conformaba el Consejo Directivo, eran expertos traídos de diferentes partes del país.

En los años 50, cuando gracias a una inversión importante por parte de constructoras en Inglaterra y Suiza, se creó Planinmex (entonces llamado Sociedad de Constructores Mexicanos), las leyes del medio ambiente no estaban tan estructuradas a nivel internacional como ahora. La planta creció a pasos agigantados y en menos de 5 años, ya era reconocida  a nivel nacional como un imperio en el mundo de la construcción. En aquella época de apogeo, nadie podría imaginarse la gran caída que se iría cocinando por décadas para materializarse de manera irreversible en el 2012.

Desde su creación, el puesto de la Presidencia Ejecutiva fue ocupado por la familia Ávila-Triana. Eran empresarios experimentados y sabían cómo hacer dinero al por mayor, pero no sentían ninguna preocupación por cuidar los bienes naturales. No es justificación, pero en aquella época, términos como calentamiento global y catástrofes universales como el deshielo de los polos eran simplemente inconcebibles.

El último presidente de la planta fue Conrado Ávila-Triana Gil. Ocupó dicho puesto desde 1989 hasta la clausura en el 2012. Cuando subió al puesto tras la muerte de su abuelo Eugenio Ávila-Triana, todo parecía ir viento en popa. No realizó grandes cambios en el manejo de la empresa más allá de darle una imagen más juvenil con nuevas campañas de publicidad y colores más atractivos. Uno de sus grandes errores recae precisamente en esta falta de revisión de los procesos: el manejo de desechos. Por más de 35 años, todos los residuos generados por la producción de los materiales de construcción eran botados en el Río Yaqui, el cual, con sus aguas caudalosas, los repartía hasta el Golfo de California. Aparentemente de manera repentina, se empezaron a escuchar casos de intoxicación en el puerto de Guaymas. Tras algunos años de investigación, se llegó a la conclusión que era el agua del Yaqui que estaba enfermando a las personas. Se hicieron algunas visitas y dictámenes en contra de Planinmex, obligándolos a mejorar sus procesos de manejo y reciclaje de los residuos generados por su actividad. Sin embargo, nunca se les dio seguimiento. Con la finalidad de ahorrar dinero, Conrado maquilló los procedimientos haciéndolos parecer más ecológicos y siguió operando como de costumbre hasta el 2010. En su intención de calmar las aguas, se recolectaron 10 mil litros de ácido sulfúrico para llevarlos a una planta de tratamiento en Baja California Sur. Sin embargo, derivado de una falla en las válvulas de la tubería de llenado  ubicados en los contenedores del contaminante, 3 mil litros fueron derramados en las aguas del río. Fue entonces que los casos de enfermedades tales como intoxicaciones y otras desconocidas llegaron a tal grado, que era innegable la responsabilidad de la planta. Incluso, los mismos trabajadores comenzaron a enfermarse, a tener problemas respiratorios incurables y a reclamar los seguros laborales. De los 2,000 empleados que la planta tuvo alguna vez, sólo quedaban 832 activos. Esta situación aunada a la presión social y gubernamental llevó a la quiebra al monstruo de la construcción más grande que México jamás haya visto. Estudios se han llevado a cabo desde entonces y los resultados giran en torno a más de 30,000 habitantes sin acceso a agua de consumo humano y actividades productivas; más de 10,000 personas con problemas respiratorios, de la piel o intoxicación severa y la desaparición de 3 especies animales endémicas. Todo esto en el periodo de marzo del 2011 a octubre del 2012.

Humillado por el escándalo internacional y tras haber pagado una cuantiosa multa multimillonaria, Conrado se refugió en Canadá con su familia y ya no se volvió a saber más de él.