miércoles, 19 de octubre de 2022

Ejercicio creativo

Si fuésemos personajes en una historia de ficción, me pondría ese vestido verde que tanto me gusta y con el que me siento tan guapa. Tomaría mi “Los últimos días de Pompeya” que compré en una tienda de libros viejos en Bilbao y le pondría la correa a Arquímedes para ir al parque. Si nuestro ser no traspasara la imaginación de un cuentista romántico, me sentaría debajo de un árbol diferente al de siempre sin saber por qué. Simplemente porque me darían ganas de hacer algo distinto, de respirar distinto, de soñar distinto; como adivinando que aquél sería tu árbol y ese día te conocería. Si ni tú ni yo existiéramos, llegarías al parque después de haber tenido un martes limbo buscando tu árbol para dibujar y distraerte. Me verías y tras una inicial molestia al sentirte invadido, te sentarías en el de enfrente pensando que tu día no puede empeorar más.

Inicialmente, no notaría tu presencia al estar sumergida en la pluma de Bulwer Lytton, pero Arquímedes erigiría sus orejas en tu dirección desde el primer momento. Sin darme cuenta, aprovecharía mi descuido de haberle puesto mal el collar y correría a tu encuentro, llenando de lengüetazos tu cara desdibujada entre gestos desprevenidos. Si tú fueras el protagonista de una novela, tras controlar a mi perro entre caricias, risas y un poco de asco por toda la baba, levantarías la mirada para encontrarte con la mía llena de pena. Intercambiaríamos un par de palabras nerviosas y me alejaría para no interrumpirte más. Tú regresarías a tu cuaderno y volverías a tomar el carboncillo entre tus dedos anular y pulgar de la mano izquierda, para sorprenderte sonriendo tras nuestro encuentro. Te descubrirías dibujándome al pie de tu sauce con extremo detalle, casi aguantando la respiración para terminarme antes de que me vaya. Tus pasos vacilantes llegarían hacia mí y me dirías que te tomaste la libertad de recrearme, mientras extiendes hacia mí la hoja de papel prensado. Si yo fuera una princesa de cuento, me ruborizaría delicadamente sin saber qué decirte al tiempo que mis ojos se abren más de lo natural al verte, como queriendo memorizar cada cana de tu barba espesa. Después de una torpe y breve interacción que posteriormente la entendería como intento de coqueteo, me pedirías mi número para volver a vernos. Y yo te lo daría.

Si fuéramos una invención, claro que nos volveríamos a ver. Claro que nos enamoraríamos y la felicidad duraría un par de años. Nos dejaríamos distraer por banalidades que nos separarían por ocho meses, en los que nos daríamos cuenta que necesitamos estar juntos para estar completos. Después, nunca más nos volveríamos a dejar, hasta que tú pararas de respirar tranquilo, anciano, en tu cama un mes después de mi funeral. Como si la vida supiera que sin mí, tampoco ella vale la pena para ti. Si no fuéramos más que tinta sobre papel, los lectores abandonarían la última página sonriendo con ese dejo de melancolía que causa el terminar un gran relato de amor, preguntándose si ellos vivirán algo parecido algún día.

Pero no somos personajes en una historia de ficción. No existimos en un libro. No eres el protagonista de una novela ni yo la damisela en peligro de un cuento de hadas. Somos dos personas rotas frente a frente. Así que no te enamores, porque aquí… Aquí no habrá final feliz. 

 

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