Con-vivir con el monstruo es agotador. Podrás pensar que es peligroso o que me llena de miedo, pero más miedo me da la naturaleza humana.
No,
el monstruo no es natural, es creado. Llega a ti. Aparece con ese exceso de
futuro y con la frustración del presente. Se forma poco a poco en tu cerebro
como si siempre hubiera existido ahí. Sus tentáculos abrazan tu mente, la
aprietan lo suficiente para controlarla, pero no tanto como para sofocarla.
Y
es en ese vaivén entre vivir y morir que tú existes. Así es, con la bestia
existes, no vives. Estás, no eres. Es esa secuestradora que te prohíbe decir tu
propio nombre y te llama como quiere. Se refiere a ti de una forma atroz y aun
así respondes. Aun así acudes a su señal. Aun así corres a su encuentro en el
momento en el que abre sus fauces y pronuncia su llamado putrefacto. Sin tu
nombre, olvidas quién eres. Olvidas que antes volabas. No sabes que solías tomar
decisiones sin que el monstruo gruñera a tu oído. Pierdes aquél tiempo en el
que hacías planes con otras personas y no cancelabas… sí ibas… ¡Hasta lo
disfrutabas! Esa tú pre-monstruo era otra. Esa tú ya no existe. No, no, tú
nunca fuiste normal. Ahora eres otra versión que tuviste que inventar para sobrevivir
y ya hasta amas a la bestia. No dejas que nadie se acerque lo suficiente y la
vea. Si la ven, te van a separar de ella… te la van a quitar para siempre y ¿quién
eres tú sin nombre, sin miedo, sin ansiedad, sin trauma, sin ella? No. Que te
la dejen. La proteges con todo lo que eres porque eres ella y ella eres tú.
Porque has olvidado el primer horror de tu cuerpo desnudo frente a ella, frente
a su mirada omnipresente escudriñando cada pensamiento. Has olvidado el momento
en que invadió no solamente tu físico, sino tu alma. Ese instante en el que
rompió tu cabeza y tomó control de todo lo que eres: lo que piensas, lo que amas,
lo que te atrae, lo que te preocupa, lo que te hace reir. Ya hasta tus miedos
son los suyos. No que la bestia tiemble ante alguien o algo más, no. Pero todo
aquello que te da pavor es lo que ella ha construido en ti. Ni siquiera tus terrores
son realmente tuyos…
Así
que muerdes, arañas, pataleas y maldices con tal de que nadie la descubra, que
nadie se asome, que nadie note que ese exterior tuyo tan seguro, fuerte y sonriente
no es nada más que una cáscara metálica dentro de la cual, la bestia se da un festín
eterno con lo único que es realmente tuyo: tu fragilidad.
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