domingo, 30 de enero de 2022

El ventanal

 

Cuando conocí a Ernesto era un hombre en sombra, casi un niño. Flacucho, pálido y con los mismos Converse de hace siete años, cuyo proceso de ventilación era a través de dos enormes agujeros en las suelas. No es que no tuviera otros zapatos, simplemente le gustaba lo que esos zapatos decían de él, de sus pasos, de su camino.

Cuando lo conocí, conocí su cabello largo, sus ojos negros y la oscuridad sobre su labio superior que profetizaba un bigote. Sus brazos endebles siempre estaban cubiertos por una chamarra de mezclilla que alguna vez fue de su padre y que le había robado en la única ocasión que lo vio.

A 15 años de haber conocido a Ernesto, me seguía sorprendiendo. Me sorprendió cuando lo besé por primera vez y se enojó conmigo porque no estaba preparado. Me sorprendió cuando fuimos al autocinema de Coyoacán y me pidió que me casara con él. Y me sorprendió cuando me dijo que había comprado un departamentito sobre Avenida Universidad y que nunca más volveríamos a rentar.

La mudanza fue un desastre: el flete nos canceló, nuestras cajas se empaparon con la lluvia al estarlo esperando y perdimos el tarjetón de estacionamiento que debíamos de entregarle a nuestra excasera. Pero Ernesto y yo éramos felices.

Los primeros días en el nuevo departamento fueron muy tranquilos, a pesar de que nuestras ventanas daban a una de las avenidas más concurridas de la ciudad. Somos citadinos, un poco de ruido vehicular no arruinaría nuestro hogar.

Una vez instalados, comencé a comprar plantas. Teníamos un balcón y siempre había sido mi sueño tener una pequeña huerta. Meses antes de la mudanza había renunciado a mi trabajo porque no había oportunidad de crecimiento, por lo que mis días se iban en mandar currículums y trabajar en la huerta  hasta que Ernesto regresaba de la oficina a las seis y media de la tarde. Comíamos, veíamos Netflix por un par de horas y yo leía mientras él hacía ejercicio intenso, buscando borrar para siempre aquél cuerpo casi quebradizo de su juventud.

Una mañana de abril fue especialmente emocionante. Fui al tianguis de San Borja y encontré una matita de chiles serranos, ¡los favoritos de Ernesto! Corrí a casa a buscarle el lugar perfecto en el balcón no sin antes ponerme mis guantes de jardinera que, al tener todas mis plantas en macetas, cumplían un fin meramente estético.

Y ahí estaba acomodando mis plantas, cuando lo escuché por primera vez. Un grito desesperado descosiendo el sonido del tránsito. No entendí lo que acababa de oír, así que me quedé inmóvil aguantando la respiración y lanzando mi oído bueno hacia adelante. DE pronto, otro “ya cállate” arrojado al aire desde el piso de abajo. Tras unos segundos de perturbación, intenté asomarme hacia el balcón inferior, pero no logré ver nada. Otro grito, ahora en forma de un “ya me tienes harto” me hizo brincar hacia adentro del departamento y cerrar el ventanal rápidamente.

En cuanto Ernesto llegó del trabajo, le conté lo que había sucedido y la conclusión que sacó es que se trataba de una discusión de pareja sin importancia. Sin embargo, mi inquietud no podía soltar la desgarradora voz de balcón.

Transcurrieron dos semanas y cuando ya me había olvidado de lo ocurrido, escuché una puerta azotándose violentamente debajo de mí. El piso de todo el departamento se estremeció como si por unos segundos, temblara de frío. Me levanté del escritorio y al acercarme al balcón, no escuché más que el claxon de un Jetta negro desesperado por avanzar sobre la avenida. Cerré nuevamente el ventanal y continué con mis actividades.

Así fueron transcurriendo los días, hasta que se juntaron los suficientes para formar un año. Ernesto y yo no celebrábamos nuestro aniversario de bodas, pero 12 meses construyendo nuestro hogar me parecían lo suficientemente importantes como para estrenar un vestido, trenzar mi cabello con flores de la huerta y preparar la cena que comimos en nuestra primera cita.

Eran las cinco cuarenta de la tarde y estaba saliendo de la regadera, cuando lo volví a escuchar: ese mismo grito desgarrador que sangraba a través del ventanal desde el departamento de abajo. Con hielo en las venas, me acerqué al cristal para averiguar lo que sucedía mientras dejaba hilos de agua que escapaban de mi cuerpo envuelto en una toalla hasta llegar al piso. Escuché murmullos y no podía distinguir más que palabras aisladas…”¡Cállate!”… “¡No!”… “¡morir!”… “¡Por favor!”… y después silencio…

No podía distinguir si mi interés por lo que sucedía era genuina preocupación por mis vecinos del piso de abajo o simplemente curiosidad por enterarme de la vida de los demás.

Continué con mi arreglo y como todos los días a las seis treinta de la tarde llegó Ernesto con un ramo de gerberas, mis favoritas. Al ver que él también consideraba importante celebrar esta fecha, lo amé como nunca. Y como siempre.

Cenamos, reimos y bailamos mientras escuchábamos a Nacho Vegas, para después terminar en la habitación con otro tipo de danza. Las horas en el cuerpo de Ernesto no pasaban. Tras la luna, el sol me destapó mientras besaba su espalda, sus brazos, sus muslos y mordisqueaba sus orejas. Sus manos me recorrían mientras la cama tronaba con la música de siempre: la nuestra.

Eran cerca de las siete de la mañana cuando desperté con su cara en mi vientre. Lentamente me deslicé hacia la alfombra y al salir de la recámara, pateé hacia un costado mi vestido nuevo que ahora se encontraba hecho bola en el piso. Me cubrí con una bata satinada color morado y me dispuse a hacer café. Mientras llenaba el filtro de agua, escuché un sollozo que entraba a la cocina a través de la zotehuela. Cerré la llave y con el silencio propio de los pies descalzos, me acerqué al ventanal para escuchar mejor. El lamento venía del mismo departamento. Cual niño que se ha caído del columpio, una persona se deshacía en lágrimas debajo mío. Me preguntaba cómo era posible que una pareja que era tan infeliz, podía aferrarse tanto el uno al otro a costa de su propio bienestar. Nunca escuché risas provenientes de ese departamento. Ni fiesta. Ni albricia. Solamente gritos y peleas. De repente, escuché muebles siendo arrastrados violentamente, sillas azotándose contra las paredes y vidrios rompiéndose. Mientras percibía lo que interpreté como forcejeos, corrí a la recámara a despertar a Ernesto.

Todavía con los brazos de Morfeo colgando de su cuello, balbuceó preguntándome qué pasaba. Le dije alarmada que la pareja de abajo estaba peleando nuevamente y él se volvió a recostar diciéndome que era su problema y no debíamos intervenir. Nos interrumpió un grito angustioso que me secuestró el oxígeno de los pulmones. La aguda voz provocó que Ernesto se sentara de golpe y se tallara el ojo derecho con el puño. Tras unos segundos de perplejidad, salimos apresurados del cuarto hacia el ventanal. Entre jadeos de incertidumbre, tratábamos de decidir si bajar a hablar con el guardia del edificio o si debíamos hablarle a la policía ante un posible caso de violencia doméstica. Con manos temblorosas buscaba mi celular para hacer la llamada, cuando un estruendo que nunca antes había escuchado inundó el departamento rebotando de pared en pared. Solté el teléfono, el cual cayó en cámara lenta frente  a mis pies, mientras los ojos desorbitados de Ernesto se encontraban con los míos. ¿Eso había sido un…? Y un segundo estruendo confirmó el miedo más desolador que jamás había sentido…

Un día después, la noticia se encontraba en todos lados. Sin importar lo que hiciéramos, Ernesto y yo no podíamos escapar de los encabezados. No podíamos olvidar las sirenas, no podíamos dejar de escuchar los interrogatorios de los agentes y tampoco podíamos olvidar que no hicimos nada. Que nunca supimos.

Nuestro vecino de abajo se llamaba Manuel, tenía 25 años y desde los 11 le diagnosticaron esquizofrenia después de que una voz en su cabeza le dijera que debía robarse todos los tomates que se encontrara y los guardara detrás de su ropa en el closet. Tras meses de olor a pudrición emanando del escondite, la mamá de Manuel encontró lo que quedaba de los tomates putrefactos, los gusanos, las moscas y todos los elementos que se pueden esperar de una escena de muerte como aquella.

Tras años en tratamiento, Manuel se encontraba bien. Viviendo en el departamento sobre Avenida Universidad y trabajando como locutor del 98.9 FM, en donde conoció a Marina. Se enamoraron y planeaban vivir juntos, pero una noche en la que Manuel fue a recogerla a la estación, en lugar de esperarla en su coche como de costumbre, decidió bajar para sorprenderla. Al entrar a la cabina, pudo ver dos cuerpos exhaustos que se entregaban mientras al aire sonaba una canción de Radiohead. Una de las sombras era Marina.

Manuel corrió a su coche y desapareció por meses dentro de su departamento. No hablaba con nadie, dejó de atender a la puerta, no cargaba su celular, dejó de salir y dejó de tomar sus medicamentos. Las voces regresaron y Manuel peleaba con ellas constantemente, hasta que un día, ese día, no pudo luchar más. Tomó la pistola de su abuelo y decidió arrancarle el poder que las voces ejercían sobre él. Callarlas para siempre. Y eso intentó. Con un balazo al aire y otro a su sien, quiso silenciarlas. Sin embargo, lo único que logró fue silenciar su vida.

Ernesto y yo nunca volvimos a ser felices. Al menos no plenamente. Vendimos el departamento de Avenida Universidad y regresamos a rentar una casita en Toluca. Buscábamos escapar del recuerdo y de la culpa. De Manuel. Pero nunca lo logramos. Hoy, a 20 años de lo sucedido, las voces que vivían en la cabeza de Manuel ahora viven con  nosotros. Nos persiguen y con ellas, la idea maldita de que tal vez, solo tal vez, un día Ernesto y yo también intentemos callarlas para siempre.

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