Yo te amaba. Eras el universo para mí. El sol salía y se ponía con tu mirada. Cuando sonreías, mis grietas dejaban de doler. Eras el alivio que mi alma necesitó por años, pero que no sabía merecer. Eras tú. Y para ti, era yo.
Reconstruimos nuestra vida
juntos, lo dejamos todo y nos elegimos en ese momento y para siempre. “No puedo
creer la inmensidad con la que te amo”, me decías con lágrimas en los ojos mientras
tomabas mi mano silenciosa. Era tuya como nunca había sido de nadie. Mi cuello
estaba diseñado para tu cara y mi ombligo para tu ombligo. Besar tus ojos al
amanecer, lamer tus labios, leer tu cuerpo con mis yemas, abrazarte con mis
piernas… Tú cocinabas y yo te hacía reír. Tú te levantabas temprano y yo con
trabajo podía salir de la cama, de nuestra cama. Pasamos de comer en el piso
mientras ahuyentábamos al gato y al perro, a tenerlo todo. Armamos muebles,
compramos plantas, instalamos cortinas y repisas que después se caerían y nos
amábamos. ¡Cuánto nos amábamos! Con gentileza y con calor casi violento. Yo era
perfecta porque me veías. Porque me elegías. Porque todo este mar en mí llegaba
a tu playa. Dejé de recordar mi vida antes de ti, como si fuera un sueño y
nunca hubiera existido. Como si yo no hubiera existido. Como si me hubiera
materializado de la nada aquella tarde calurosa del 2016 en la que nos cruzamos.
Aquella tarde en la que mi alma bailó por primera vez al ver que de ti nacían luz,
flores, aves, música, colores. Y siguió bailando por años. Pareciera que
estuvimos juntos mucho tiempo, ¿no? Pero qué poco es mucho tiempo cuando nos prometimos inmortalidad.
Sí, era tuya y tú eras mío. Hasta
que dejaste de serlo. No fue de un día para otro, pero dejaste de serlo. Las
cuevas de tu desierto que parecían ir dejando pasar poco a poco mi agua
volvieron a resecarse. Los jardines de tus ojos al verme se volvieron espinas
que ya no se detenían en mí, sino que me atravesaban. Comenzaste a arrebatarme
esa vida que meses antes me ofrecías desbordante. Los “te quiero, te quiero y
hasta siempre te querré” de nuestra canción enmudecieron entre los relámpagos
ensordecedores de la indiferencia. Y entre más te amaba, más te alejabas. Entre
más te abrazaba, más te levantabas del sillón para perder tu mirada en el
horizonte de nuestra ventana. Entre más te cuestionaba, más abrumadores eran el
silencio y la oscuridad. Mientras más te quería, menos estabas…
Hoy estoy sin ti y no me
malinterpretes. Estoy bien. Estoy tranquila. Entiendo porqué te has ido y a
veces me cuestiono si yo debí haberlo hecho antes. No desde un lugar de
orgullo, sino desde un lugar de amor por mí. Desde que noté el frío de tu
cuerpo inerte recostado junto a mí, dándome la espalda; desde que los besos de
buenos días volaron como aves migrantes; desde que los planes comenzaron a
quedarse en “algún día”; desde que dejaste de cocinar y yo dejé de hacerte reír.
Desde entonces debí de haberme ido.
Pero la esperanza, la estúpida
esperanza; los sueños, los planes, nuestro futuro; todo funcionaba como cuerdas
que me ataban y me impedían cruzar esa puerta. Esos “¿qué tal que…?” ilusos de quien no quiere
aceptar su realidad. El valiente fuiste tú. El que se llevó su cuerpo a donde
desde hace meses estaba su corazón, fuiste tú. Y te resentí tanto. Esa
admirable claridad de ya no quererme en tu vida se me presentó disfrazada de
crueldad y te odié desde el amor tan profundo que aún tenía en mí. Pero ya no
había más que hacer, más que decir, más que construir. Con el taladro de tu “ya
no me quedan energías para luchar” lo rompiste todo. Y te juzgué, te ataqué, te
embarré mi dolor en aquél rostro en el que antes solamente había caricias. Y me
fui. Pero no del todo, ¿sabes? Una “yo” se quedó ahí. Una “yo” murió ahí, en
esos 60 m2 de piso laminado y alfombra. Contigo. Y esa pérdida es la
que más me duele.
La pasé muy mal intentando juntar
los añicos que quedaban de mí. Abrazaba a mi perro y dormía por días. Comencé
el año desde debajo de mis cobijas queriendo desaparecer. Regresé a ser el
hueco de persona que fui hace tantos años y que pensé que había desaparecido.
Me dolías tanto, tanto que hasta sonreír era traicionarte. Sabía que no era el
fin del mundo… pero sí lo era. Porque ya no estabas, porque ya ni siquiera
podía sentir tu olor, ya no escuchaba tu voz, tu hermosa voz grabando
canciones. Porque tu trinar ya no estaba en mi nido, en mi rama, en mi árbol,
en mi bosque… ya no estaba en mi planeta.
Hoy dueles menos. No quiere decir
que ya no te extrañe, pero ya no me haces falta. Puedo reír a carcajadas sin
que tu sombra extinga el sonido. Puedo salir al sol y abrazar los rayos que
antes creía que venían de ti. Puedo sentir el viento, sonreír en silencio y
respirar. Cuánto extrañaba respirar. Cuánto extrañaba esta libertad absoluta de
tu ausencia, la falta del miedo de perderte porque ya no estás. Porque no te
puedes ir dos veces. Y el coraje se convirtió en tranquilidad. El resentimiento
fue paz y el odio regresó a ser amor. Pero ya no ese amor egoísta de quererte
solamente para mí, sino el de saber mi mundo más hermoso porque existes en él
aunque sea lejos, a la distancia. Sonrío al imaginarte riendo con tus amigos,
pintando tu departamento que ya no tiene rastro de haber sido nuestro. Y
envidio a las personas que te cruzan en la calle y que pueden verte, pero
sonrío. Por ti y por ellas. Y me emociona el futuro, nuestro futuro que ahora
es separado pero que siempre estará unido porque somos parte del otro, de
nuestra historia, de quienes somos. Porque alguna vez nos amamos.
Y quizá te sorprenda el tiempo que tardé en dejarte ir, te parecerá rápido y podrás creer que no te amaba como decía hacerlo, que no te necesitaba, que no me hacías feliz, que lo que vivimos fue una mentira y sientas incredulidad de mi paz frente a tu tormenta. Podrás tomar por verdad todas esas mentiras que nacen de las heridas como río imparable, llenando tu cabeza de espejos y de soledad. Yo también creí esas falacias, las leí en tu mirada cuando me dijiste que me tenía que ir y no me merecía una mayor explicación. También tomé por cierta la aseveración falseada que no era importante para ti, pero me di cuenta que no comencé a soltarte cuando se acabó nuestra familia. Que mi duelo no comenzó con las maletas ni con vivir sola en la casa que dijimos que compartiríamos. Nuestro adiós definitivo fue solamente el culmen de los pequeños adioses diarios que nos dimos por más de un año… Y volverás a estar bien. Volverás a ser feliz. Volverás a amar y volverás a pensar en mí con agradecimiento por esos días que compartimos, esos meses en los que no existía el mundo fuera de nosotros y esos años en los que también tu sol salía y se ponía con mi mirada. Volverás a la vida. Te volverás a desnudar con alguien. Y no solamente en el sentido vacío de la carnalidad, sino que le volverás a revelar a alguien quién eres realmente, bajo todos esos escudos, pretensiones, orgullos y miedos. Y también lo haré yo. Será diferente porque seré otra persona. Porque la "yo" que era tuya ya no existe y nunca revivirá. Porque ella será tuya para siempre... Pero hasta eso estará bien. Estaremos bien. Y tal cual, como el ruiseñor que eres, volverás a cantar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario