Estar contigo era sentir a medias: estar y no estar. Era el rapto de soñar con ángeles y despertar sin ellos. Me gustabas. ¡Diosa, cuánto me encantabas! Abrazarte y abrasarme con tu calor, hundir mi nariz en tu cuello y henchir mis venas de tu aroma. Mi piel blanca junto a tu piel canela: un claroscuro de Caravaggio vivo.
Eras.
Éramos.
Fuimos casi perfectos. Y cuánta mierda cabe en ese casi. Parece un recoveco minúsculo, como el espacio entre dos tablas de un piso abandonado que truena cuando caminas sobre él. Pero cuando eres nosotros, ese crujido casi imperceptible es un trueno.
Me dabas paz
y ansiedad. Risa y llanto. Estabas… pero seguía sola.
Quise darte
todo cuando ya no me quedaba nada.
Fuimos victoria y
derrota.
Yo esperando
planes; tú esperando espontaneidad.
Tu sonrisa
—la que amaba—naciendo de rostros ajenos…
¿Pero sabes?
Aún te extraño.
¿Pero sabes? Lo volvería a repetir.
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