jueves, 25 de agosto de 2016

¡Tus ofensas no me halagan!

Siempre he vivido con la ilusión de una falsa seguridad. Sé que Tuxtla Gutiérrez es tan peligroso como cualquier otro lugar, sin embargo, el saberlo provincia construye una imagen fantasiosa de "aquí no pasa nada". Esta ceguera autoimpuesta no es optimismo, se llama naturalización de la violencia. Estamos tan acostumbrados a las muestras de crimen, intimidación y falta de respeto, que no solamente las adoptamos como parte de la vida, sino que las convertimos en parte de nosotros mismos.

Un martes de alguna semana pasada asistí a un evento en el Foro Jaime Sabines. Quienes han ido, saben que encontrar estacionamiento por la zona es muy complicado y que las cuadras son enormes. Tuve suerte de estacionar a Rocinante no muy lejos: Solamente debía caminar dos manzanas sobre la Avenida Central. Era un evento formal, por lo que llevaba un vestido y tacones, vestimenta que ya en sí misma, complicaba el pasar por las banquetas maltrechas de mi ciudad. Todo parecía tranquilo, hasta que el semáforo se puso en verde dejando pasar los coches a mi lado y con ellos, la lluvia de ofensas, agresiones, gruñidos, pujidos, pitidos de claxon y silbidos: “Esas piernotas”, “Adiós, mamacita”, “¿A dónde tan solita?”, “Súbete, te llevo”, “Grandotas como me gustan”, “Qué cuerpo”, “Cinturita rica”… En fin… Tras unos minutos que se me presentaron eternos, llegué a mi destino con el corazón acelerado y el estómago revuelto, solamente para vivir una vez más la misma situación al ir de regreso al coche.

Desgraciadamente y como muchas mujeres, estoy acostumbrada a ser blanco del #AcosoCallejero, engañándome sola que no es tan grave, que soy afortunada de nunca haber sido asaltada, secuestrada, violada o asesinada. Sé que lo soy, pero eso no convierte en menos malo el no tener la libertad de salir a la calle sin ser agredida verbalmente por quien se sienta libre de faltarme al respeto. ¡Ya Basta! Basta de llegar a mi casa con un nudo en la garganta porque un patán me gritó en la calle que quería lamer mis partes íntimas; basta de evitar cierto camino a mi oficina porque sé que cada que paso por ahí, me comen con los ojos entre sonrisas perversas; basta de apresurar mi paso porque un enfermo me viene siguiendo gritándome todo lo que me quiere hacer; basta de no sentirme segura atravesando a un grupo de hombres; basta de saludos y encuentros que son aprovechados para darme abrazos malintencionados.

No es Mi Primer Acoso, pero necesitamos luchar porque sea el último. Necesitamos crear conciencia, convertir los espacios públicos en lugares de armonía, paz y seguridad y tener la certeza de que si salimos solas a la calle, no sólo regresaremos, sino que lo haremos con nuestra integridad intacta. 

Acosador: Tus ofensas no me halagan.

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