lunes, 22 de agosto de 2016

Cartas Ficticias III

Querido mío,

Lo despojo entonces de toda formalidad para llamarlo por lo esencial. Poco me importan las limitaciones de su nombre y su abolengo, mientras que lo que en ellos se encierre me pertenezca lo que dure la eternidad. Y con ese mismo despojo, arrebato de mi pecho la cobardía. ¿Quién dijo miedo? Si para morir nací, afortunada yo, cual sea mi nombre, que esa muerte sea gracias a sus provocaciones en mis entrañas.

Lo beso, mío y para siempre, pero no por este medio frígido como mi inicial torpeza, sino en lo onírico. Ahí donde viven sus fantasías, su felicidad y su perversión, ahí en donde pocos entran y nadie habita por el peligro de derrumbe que aqueja a tan complejo ser, ahí lo beso. Sienta la calidez temerosa pero decidida de mis bezos acercándose y fundiéndose con
usted. Todo mi yo, que es suyo, con todo su yo tan mío.

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