miércoles, 31 de agosto de 2016

El país de uno

Como mexicana con derechos y obligaciones civiles, participo en la sociedad votando, cuidando la naturaleza, honrando mis lábaros patrios, respetando a las personas, pagando impuestos, trabajando honestamente… en fin; soy miembro activo de este microcosmos llamado México. Sin embargo, en lo personal nunca me ha llamado la atención de manera especial la política.

Entiendo que, si bien es cierto que la ciudadanía no forma parte del Estado -gobierno, territorio e instituciones- de manera estricta, sí depende de nosotros su conformación, análisis y desarrollo, pero no he tenido el suficiente interés como para adentrarme en el sórdido mundo político. ¿Cómo se maneja realmente México?, ¿los intereses de quién son los que imperan en el proceso legislativo?, ¿por qué los mexicanos somos aparentemente incapaces de atacar la tan conocida corrupción de nuestros mandatarios?, ¿es realmente la entrada de las nuevas generaciones al poder la solución a todos nuestros problemas como país? 

Con estas dudas en mi espiral cerebral y gracias a una tarea asignada durante mi primer semestre de la Licenciatura en Derecho, tuve el primer acercamiento con El país de uno de la politóloga mexicana Denise Dresser. Las respuestas a mis cuestionamientos –y a muchos otros- se asomaban pedantemente en el subtítulo "Reflexiones para entender y cambiar a México".

Forzada por mi obligación académica, me sumergí renuente y reservadamente bajo la pluma de Dresser y la sorpresa fue grata. Si bien es cierto que este libro no es el Santo Grial de manuales para “componer” a México, sí ofrece un estudio del uso torcido del poder que nos ha gobernado por décadas. Pero lo que me atrapó de mayor manera es la generalidad de su argumento. Es cierto que las palabras están asentadas en la realidad mexicana, pero son adaptables a la universalidad del “mal gobierno” por el que atraviesa la comunidad internacional. No es necesaria una investigación exhaustiva de los gobiernos extranjeros para apreciar el mal uso gubernamental del poder y confianza puesto en nuestros líderes para guiarnos al bienestar común. La oligarquía y los monopolios –mencionados por la autora como los grandes enemigos de México- son escenarios presentes alrededor del mundo.

De acuerdo a Denise, vivimos en una sociedad en la que el Contrato Social de Hobbes[1] en el cual los hombres confían en sus líderes, se ha corrompido a un grado aparentemente irremediable. Dibuja una presidencia frágil en la que la Cámara de Diputados es la que antepone sus propios intereses y coludidos con las televisoras, informan de manera turbia y parcial a la ciudadanía; desembocando en lo que ella misma llama una representación ficticia[2].

Es ante este panorama que exige crear un México con hábito de participación y no de apatía, de optimismo y no de pesimismo; crear a un México pensante. Debemos invertir en nuestra memoria política y tomar conciencia del poder –y deber- con el que contamos por ser miembros de una democracia –crear una verdadera-.

Desde mi perspectiva, aun cuando El país de uno denuncia valientemente explicaciones y propuestas para salir del bache en el que estamos, no marca una solución efectiva ni activa. Dresser descarga en los ciudadanos la culpa de las desgracias que nos aquejan, lo cual no es una mentira. Sin embargo, está luchando contra la idea de “si todos somos culpables, entonces nadie lo es”. Toda esta responsabilidad que nos corresponde, queda al aire y nadie –al menos no el número suficiente de ciudadanos promedio necesarios para generar un cambio- tomará las medidas necesarias para componer lo cómodamente descompuesto. 

En las décadas pasadas, la ciudadanía pensaba en la política cada sexenio al ir a votar y se olvidaba de ella hasta las próximas elecciones. Con el tan famoso pan y circo proporcionado por los gobernantes –elegidos y solapados por nosotros-, continuábamos con nuestra vida diaria ignorantes del abismo al que empujábamos a nuestro país. Actualmente, nos hemos convertida una sociedad inconforme: Todos criticamos a los políticos, nos molestamos por las obras, organizamos marchas y atiborramos las plataformas cibernéticas de mensajes provocadores de revolución. Pero, aún con todas estas aparentes muestras de raciocinio público, no estamos menos ciegos ni impotentes de tomar acciones efectivas. Dejamos de ser esos pequeños bebés felices con la mamila en la boca mientras dormimos para convertirnos en adolescentes rebeldes al sentirnos incomprendidos, lo cual no es más que un berrinche al no obtener lo que queremos o creemos merecer de nuestro líderes. Seguimos hipnotizados.

Con esto no quiero decir que debemos –o debo, para ser más contundente- continuar con nuestras vendas de conformismo convirtiéndonos aún en mayores cómplices de la tragedia. Al contrario, debemos levantarnos en acción. Es hora de crecer y convertirnos en jóvenes con propuestas y trabajadores. Es momento de dejar la amada mediocridad y crear un Nuevo México. Personalmente, soy una firme creyente de hacer justicia por nuestra propia mano, ¿Por qué le tenemos tanto miedo?, ¿Acaso el derecho no está fundamentado bajo esta premisa? Todos los ciudadanos somos responsables de crear derecho, de exigir el orden, disfrutar la paz y de tomar cartas en el asunto en caso de no estar satisfechos. 

También estoy convencida de que el peor error que podemos cometer en este periodo de transición es el de confundir la búsqueda de cambio con el egoísmo: Admiro el valor de mis compatriotas que se arriesgan a luchar de manera armada por el bienestar comunitario; pero, también creo que existe una fina línea entre justicia y venganza. Justicia –a mi entender- es saber que las atrocidades que se cometen diariamente no se van a detener al menos que los ciudadanos (no el gobierno) pongamos medios efectivos y necesarios para sancionar a los culpables y prevenir para que no vuelvan a cometerse. Venganza es actuar visceral y desesperadamente con la finalidad de descargar nuestra frustración disfrazada de búsqueda del bien común. Matar para enseñar que matar está mal, no es justicia.Torturar para enseñar que violar está mal, no es justicia. Quejarnos en los cantineros y redes sociales del mal gobierno y no ir a votar, no es justicia. Necesitamos despertar. Necesitamos organizarnos. Necesitamos curar a nuestro México lindo y herido; pero hasta que no le exijamos calidad a nuestro sistema educativo, hasta que no demandemos que la educación enseñe a pensar y –lo que es más importante- a elegir; podremos publicar un sinnúmero de libros y todo seguirá siendo igual…Seguiremos siendo los pobrecitos mexicanos.



[1] Contrato Social. Sofiafilia. http://www.filosofia.net/materiales/sofiafilia/hf/soff_mo_16_c.html (Fecha de consulta: 07 de mayo de 2014).
[2]Dresser, Denise. El país de uno. Reflexiones para entender y cambiar a México. México: Prisa Ediciones, 2012.

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