Qué pacífica te ves recostada sobre esa cama de seda blanca. Tu expresión tan serena y tus labios sellados, delineados y rellenos de un rojo oscuro que contrasta con tu clara piel. Tu cabello blanco, ese que tanto me gusta y que cuando era niña lo teñías de castaño. Sí, eres tú. Te veo y sé que eres tú. Pero no pareces. Es tu rostro, son tus manos, pero no eres tú. No habitas en ese pecho inherte que abraza un corazón que ya no late. Tú, tan fuerte, tan alegre, llena de gestos... figurilla de cera. No eres tú pero me dueles. Nos dueles a todos...
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