Estimado Licenciado:
¡Qué felicidad me embarga al recibir sus palabras de consuelo! Han sido para el alma como una taza de chocolate caliente con malvaviscos, servida frente a la chimenea de una cabaña de madera perdida entre las montañas nevadas de los Alpes. Tan llenas de frescura, paz y sencilla sabiduría. Aún no logro entender tanta bondad recibida de su parte, pero la agradezco infinitamente.
Aun así y sin querer sonar inculta con mi observación, su forma de besarme a distancia se me presenta un tanto cotidiana y de alta confianza. Por lo que tomaré la opción que me presenta de elegir la superficie receptora de tan ansiado ósculo: Será mi sonrojada mano izquierda, la del corazón, la latente. No sin antes desnudarla delicadamente del guante que oculta su nerviosismo. Quisiera devolverle el gesto, pero no me atrevo a semejante arrojo, por lo que espero que dicho guante deslizado coquetamente en el bolsillo interno de su saco, sea gesto pasadero para demostrar mi afecto
hacia su persona.
Quedo de usted.
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