viernes, 12 de agosto de 2016

Capítulo 7


¡Abrázalo!

Segundos antes de que mis piernas mecanizadas movieran sus engranes marchando hacia ti, las voces en mi cabeza gritaban al unísono: ¡Abrázalo! Ahora, mis brazos estaban aferrados a tu espalda. Mi deseo buscaba incansablemente al cíclope en tu cuerpo. Arrancarlo violentamente del estuche de tu pecho con el exorcismo de un beso. Mi martillo palpitante desgarraba la caja torácica que le robaba el ímpetu. Buscaba abandonarme y ser de ti. Volver a casa, contigo. Tanta lava incandescente obligándome a erupcionar desde mi lengua hasta tu aliento putrefacto de monstruo monocular.

¡Saca al cíclope!, ¡Saca al cíclope!

Tráelo a pasear con mi demonio de lujuria. Abandona la utopía lejana de tus bezos y conviértelos en pecados mordelones, arranca-tajos, sangrantes.

Mi niña pavorida te sigue abrazando mientras le rechinan los huesos. Se queda pecho a pecho, no por no quererte soltar, sino por miedo a que tu pupila la vea como mujer al desnudarla de inocencia aquí, en la calle, frente a ese portón de colores contagiosos. Así que fuiste tú, el griego, el mitológico tú que se escurría por tus manos quien me empujó fuera de su armonía para ver mi rostro. Vi con ensombrecida sorpresa que seguías teniendo dos ojos, oscuros y bien definidos. Mientras te volvías a acercar con esa negrura jadeante de tus labios entreabiertos, noté en tu espesor turbulento que el cíclope estuvo ahí todo el tiempo en tu mirada. Presente. Parpadeante. Seductor. Irresistible. Lo veía viéndome desde ti, pero no eras tú. Era yo a través de mi reflejo…

1 comentario:

  1. Me encanto el final. Me recuerda a un cuento, creo que de Lovecraft, o no se de quien, que termina con un "Y el monstruo, era yo".

    Muchos saludos.


    Ro.

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