Mario Esteban es un mecánico muy conocido en la ciudad de Cancún.
Durante 7 años, ha soñado con la idea de abrir un hotelito a la orilla del mar como el que tenía su bisabuela Alicia
en los años 20. Don Mare (como lo llaman cariñosamente sus clientes del taller)
nunca la conoció, pero desde que encontró su foto entre papeles viejos en casa
de sus papás, la lleva siempre consigo en su cartera. La foto es en blanco y
negro. En primer plano, está parada Alicia con no más de 40 años de edad, con
el cabello suelto y un vestido a la rodilla; ambos volando al viento. Detrás de
ella, la fachada de un edificio de 3 pisos, con cornisas grandes anunciando altas
ventanas y una puerta en forma de arco sobre la que cuelga un letrero en el que
se lee “Hotel El Descanso”. Cada que don Mare ve la foto, casi, casi puede
escuchar la risa de su bisabuela mezclarse con la brisa del mar. Recrear el
hotel de la foto es un sueño que lo hacía muy feliz.
El 18 de marzo de este año
falleció su padre. Don Mare había cortado toda relación con él desde que tenía
18 años al haberse casado con Elena, una chica del barrio a quien sus papás no
consideraban lo suficientemente buena para él. A pesar del distanciamiento, no
pudo evitar derramar un par de lágrimas mientras se recordaba sentado al pie
del Árbol de Navidad, abriendo regalos junto a su papá. Días después del
funeral, recibió la noticia que sin saberlo, había esperado por 7 años: Su
padre le había heredado un terreno frente al mar. Después de coquetear con la
idea por unas semanas y tras consultarlo con Elena, vendió su taller y juntó
los a8horros de su vida… ¡Don Mare tendría su hotel!
Hoy, tras 10 meses de
construcción, juntas con albañiles, arquitectos e ingenieros y tras inversiones
monetarias considerables, se dirige a ver El
Descansito por fin terminado. Conforme su pick up roja se acerca al lugar, comienza a ver el techo del
edificio. “Algo no está bien”, refunfuñó para sus adentros. Mientras se
estaciona, hace un ademán desganado de saludo hacia el inge Mauricio, quien lo espera en la entrada con una enorme
sonrisa.
- - ¡Bienvenido al Descansito, don Mare! – Le grita Mauricio con los brazos
abiertos desde el arco de la entrada.
- - ¿Qué es esto? – Gruñe don Mare en una mezcla de enojo y sorpresa.
- - ¿Cómo que qué es esto?, ¡pues su hotel! – Contesta Mauricio con la
misma sorpresa en su voz.
- - ¡Esto no es lo que pedí!, ¿En dónde están las ventanas que quería? –
Don Mare no había dado un paso hacia adelante desde que se bajó de la camioneta.
Mauricio se acercó a él y al llegar a su costado, se volteó hacia el edificio a
examinar las ventanas en cuestión.
- - Ah, sí. Esa es una sorpresa que el equipo y yo le preparamos, don Mare.
Sabíamos que entre más se alargaba el tiempo, el dinero se iba acabando así que
para no generarle más gastos, hicimos las ventanas más pequeñas. Verá, de esta
manera…
- - ¡Pero esto no es lo que acordamos! – Interrumpió Don Mare. – Les di
copia de una fotografía con la fachada que quería. No se las di como
inspiración, no la quería parecida. ¡La quería exactamente igual!
- - Entiendo, don Mare. Pero mire, déjeme enseñarle todas las instalaciones
y verá cómo todo lo demás está exactamente como lo solicitó.
Y así lo hacen: don Mare y el inge se pasean por todo el hotel y el resto está en orden. Sin embargo, no pudo olvidar
las ventanas en ningún momento. Finalizó el recorrido y tras despedirse
fríamente de Mauricio, don Mare se sube a su camioneta y empieza el camino de
regreso a casa. A pesar de tener su hotel como había deseado desde hace tantos
años, no pudo evitar sentir que su sueño había muerto un poco.
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