Al llegar me saludaste como si fuera un encuentro casual. “Te reconocí por tu nariz y tus pómulos”, me dijiste. Lo único que pude discernir era el guante blanco en tu mano izquierda, aquel que alguna vez dije que firmaría y no lo hice. Dejé a un lado al autor australiano que estaba en mis piernas para ponerme de pie y abrazarte… había esperado tanto ese momento y no podía creer que de hecho estuviera pasando. Ahora que lo pienso, sí, fue como un sueño. Entre tus desvaríos tenías un trozo de verdad…
Nos ofrecieron de beber y tú pediste un extracto oriental. Yo solamente quería estar contigo y beberme tu mirada lentamente, a sorbos. Comenzamos a hablar de todo y de nada; a pesar de estar paseando en tu cabeza, nos acompañamos en un gran número de risas sinceras.
Noté la duda en tus ojos y estabas un poco distante… Yo no sabía cómo actuar, ironía, había planeado tantas veces nuestro cruce de alientos en mi mente, pero era imposible imaginar tu mirada penetrante, fría, como una espada —podría perderme horas en ese inmenso mar. Sólo podía recorrerte con mis pupilas, con un inmenso deseo de que me besaras. En la boca, en la mejilla, en la mano… todo mi cuerpo estaba disponible para ti.
Salimos a caminar por las calles de esta ciudad sin cielo y fue entonces cuando llegaste a mi planeta, me tomaste de la mano y rodeaste mi espalda siendo cómplice de mi intimidad. Montamos una serpiente gigante, caminamos por edificios con espejo de sol e, incluso, dejamos nuestras huellas en el foco de este gran monstruo defectuoso. Pero fue justo en el momento del sol oculto cuando los planetas se alinearon y las estrellas colapsaron. Nos sentamos en un pulmón verde y me arrebataste hacia ti. Nuestros cuerpos rozaban coquetamente alterando mi pulso y respiración. Un viajero momentáneo se nos acercó unificándose con nuestra danza. Portaba en una extremidad una variedad de paquetes y con otra me entregó dos perlas: una blanca y una roja: “La roja simboliza amor, y la blanca pureza… Nunca regale perlas amarillas porque significan desprecio”. Y así como llegó, desapareció.
Apoyaste tu brazo en mi cintura mientras yo recargaba mi cabeza en tu hombro de hierro. Mis yemas transitaron tu rostro sosegado: nariz, frente, barbilla… labios. Mi viaje se interrumpió en tus bezos jadeantes y no pude resistir más; mi boca escaló tu cuello para juntarse con tu mejilla izquierda, pero en su lugar encontró los tuyos entreabiertos… Dudé por un instante imperceptible hasta que empujé a los costados el aire que nos separaba. Fusión.
En ese momento sucumbí. Estuve muerta por los segundos en que, con tu aliento, detuviste mi corazón. Mi estómago se llenó de toda clase de bichos raros que saltaban de un lado a otro sin orden ni sentido.
Una vez recuperada la robada vida, nos dirigimos de regreso a la serpiente naranja. Yo debía partir, pero volvería con el siguiente sol. Me abrazaste y tu voz me susurró al oído: "Te quiero".
Esa vez fue la última que te vi. Aquél que volvió ya no eras tú…
No hay comentarios:
Publicar un comentario